HAY VIDA MÁS ALLÁ DE TOLKIEN
Hará como cinco
años, un buen amigo mío, hablando de literatura, aventuró un dictamen
sorprendente: El señor de los anillos es
–dijo– el mejor relato épico y de aventuras de la historia. No seré yo quien
reniegue de mi vieja afección por la obra de Tolkien. También este menda, como
él, tuvo sus años en que lo leía, subrayaba, anotaba y releía con fruición;
años en que hasta las experiencias más comunes de la vida las procesaba en mi fantasía
con los arrequives de la ficción tolkieniana. Fueron mis dorados años de Berja.
Subía al pinar de Castala y allí pasaba tardes enteras deleitándome con la
visión de la sierra de Gádor y de las minas, que identificaba con las de Moria
y con las Montañas Nubladas… Pero eso fue otrora. Después de aquello, el tiempo
pasó inexorable: más de tres decenios; crecí en conocimiento y en lecturas, y
mi gusto se aquilató. Es lo que tiene la madurez: lo que te quita en viveza,
osadía y entusiasmo juvenil, te lo devuelve en juicio, sensibilidad y humor. Así
que hoy ya no puedo refrendar ni de lejos ese veredicto, aunque aún sigo
releyendo con genuino y siempre renovado placer dos de sus cuentos. Me refiero,
naturalmente, a El hobbit y al más
ligero, pero no menos ameno Egidio, el
granjero de Ham (Farmer Giles of Ham).
Fuera de ellos y, quizás (aunque con muchas, muchísimas, casi insalvables objeciones),
de los dos primeros libros de El señor de
los anillos (es decir, los agrupados bajo el título común de La comunidad del anillo), todo lo demás
se me antoja ahora impostado, fastidioso y sin gracia. Son muchas las cosas
que, por faltar o sobrar en el vasto relato tolkieniano, lo desmerecen. Una de
ellas, lo femenino: su casi total ausencia en obra tan dilatada, fuera de dos
hembras feéricas: Arwen y Galadriel, y de la amazona Éowyn, deslumbra y
desconcierta; otra, el sofocante sentimentalismo que ahoga las dos últimas
partes (las tituladas Las dos torres y
El retorno del rey). En realidad, si el
libro del británico hubiera estado en la biblioteca de don Alonso Quijano, como
tantos otros del género fantástico caballeresco al que pertenece, dudo mucho
que se hubiera salvado del donoso y grande escrutinio que el buen gusto del cura
y del barbero cumplieron en ella.
Pero yo soy de la generación que floreció con este libro, y le tengo apego. Su primera gran edición española, la clásica de Edhasa, es de 1978. Como los españoles del siglo XVI con los libros de caballerías, yo crecí con El señor de los anillos: no puedo desconocerlo. Pero tampoco puedo leerlo ya sin desazón. Sé que, en cierta medida, ese disgusto se debe al abuso que en los últimos veinte años se ha hecho de la imaginería terramediana. Más perniciosas aun han sido, en mi opinión, las aborrecibles versiones cinematográficas de El hobbit y El señor de los anillos perpetradas por Pe Jota. La de El hobbit, estirada en el lecho de Procustes hasta acomodarla a la talla de trilogía, es especialmente reprobable, porque ha transformado el sobrio, escueto, ingenuo y cautivador relato en un bodrio insufrible: un tedioso hacinamiento de tópicos manidos, redundancias superfluas, personajes grotescos y prolijas secuencias de acción dilatadas hasta la náusea sin otro objeto que el mero relleno de tiempo. El interminable episodio del encuentro de Bilbo con Smaug en la Montaña Solitaria es ejemplo paradigmático de este irritante defecto. Y, para colmo, el neozelandés ha eliminado totalmente de su adaptación al celuloide el manso humor que permea el relato original, que es el mayor de sus encantos. ¡Guárdete Dios de prosélitos, exégetas, epígonos y adeptos!
Pero dejemos a ese manipulador, corruptor y falseador del apacible texto hobbitiano, y volvamos al objetivo original de esta mi primera entrada: recordar que, pese a su abrumadora omnipresencia actual, la ficción terramediana no es única en la historia de la literatura epicomitológica y de aventuras. El género es tan antiguo como la humanidad, y se ha manifestado en mil formas. Una de las más cumplidas, la poesía épica antigua; y, dentro de ella, un poema de excepcional barroquismo, compuesto en el siglo V de nuestra era: Las Dionisíacas de Nono de Panópolis. Obra poco conocida, pero con traducción al castellano. La publicó la editorial Gredos aún no hace dos decenios. La traducción es excelente, pero carece de ritmo poético –cosa natural, porque lo que se pretendía con ella era la precisión, no la belleza–. Por eso he empezado esta traducción en verso del texto noniano. Mi propósito era componer una versión que, respetando el cómputo silábico medio del hexámetro noniano (unas dieciséis sílabas por verso), se ajustara a la versificación romance en lo relativo a rima (consonante, por supuesto). Las cesuras y diéresis, he procurado colocarlas en los lugares donde podrían aparecer en un hexámetro de dieciséis sílabas. La trihemímera, tras la sílaba tercera o cuarta; la pentemímera, tras la sexta o séptima; la trocaica, tras la octava; la heptemímera, tras la novena o décima, y la diéresis bucólica, tras la undécima sílaba. El resultado es el que sigue.
Pero yo soy de la generación que floreció con este libro, y le tengo apego. Su primera gran edición española, la clásica de Edhasa, es de 1978. Como los españoles del siglo XVI con los libros de caballerías, yo crecí con El señor de los anillos: no puedo desconocerlo. Pero tampoco puedo leerlo ya sin desazón. Sé que, en cierta medida, ese disgusto se debe al abuso que en los últimos veinte años se ha hecho de la imaginería terramediana. Más perniciosas aun han sido, en mi opinión, las aborrecibles versiones cinematográficas de El hobbit y El señor de los anillos perpetradas por Pe Jota. La de El hobbit, estirada en el lecho de Procustes hasta acomodarla a la talla de trilogía, es especialmente reprobable, porque ha transformado el sobrio, escueto, ingenuo y cautivador relato en un bodrio insufrible: un tedioso hacinamiento de tópicos manidos, redundancias superfluas, personajes grotescos y prolijas secuencias de acción dilatadas hasta la náusea sin otro objeto que el mero relleno de tiempo. El interminable episodio del encuentro de Bilbo con Smaug en la Montaña Solitaria es ejemplo paradigmático de este irritante defecto. Y, para colmo, el neozelandés ha eliminado totalmente de su adaptación al celuloide el manso humor que permea el relato original, que es el mayor de sus encantos. ¡Guárdete Dios de prosélitos, exégetas, epígonos y adeptos!
Pero dejemos a ese manipulador, corruptor y falseador del apacible texto hobbitiano, y volvamos al objetivo original de esta mi primera entrada: recordar que, pese a su abrumadora omnipresencia actual, la ficción terramediana no es única en la historia de la literatura epicomitológica y de aventuras. El género es tan antiguo como la humanidad, y se ha manifestado en mil formas. Una de las más cumplidas, la poesía épica antigua; y, dentro de ella, un poema de excepcional barroquismo, compuesto en el siglo V de nuestra era: Las Dionisíacas de Nono de Panópolis. Obra poco conocida, pero con traducción al castellano. La publicó la editorial Gredos aún no hace dos decenios. La traducción es excelente, pero carece de ritmo poético –cosa natural, porque lo que se pretendía con ella era la precisión, no la belleza–. Por eso he empezado esta traducción en verso del texto noniano. Mi propósito era componer una versión que, respetando el cómputo silábico medio del hexámetro noniano (unas dieciséis sílabas por verso), se ajustara a la versificación romance en lo relativo a rima (consonante, por supuesto). Las cesuras y diéresis, he procurado colocarlas en los lugares donde podrían aparecer en un hexámetro de dieciséis sílabas. La trihemímera, tras la sílaba tercera o cuarta; la pentemímera, tras la sexta o séptima; la trocaica, tras la octava; la heptemímera, tras la novena o décima, y la diéresis bucólica, tras la undécima sílaba. El resultado es el que sigue.
Canta, diosa, la luz del Cronida, su ígnea recadera,
El nupcial destello, el rayo y su exhalación partera,
El relámpago, camarero de Sémele, y la casa
Del binato Baco. Húmedo lo sacó de la brasa
Zeus: semiacabado feto de una madre sin comadre.
Tajado, abierto el muslo con trémula mano, cual padre
Y, a la vez, cual digna madre, en vientre macho lo crio.
Conocía bien el parto: su fértil cráneo formó
En la sien, preñada de espontáneo y raro tumor,
A Atena, y de las armas la alumbró en el fulgor.
Batid los címbalos, Musas; traedme la cañaheja,
El relámpago, camarero de Sémele, y la casa
Del binato Baco. Húmedo lo sacó de la brasa
Zeus: semiacabado feto de una madre sin comadre.
Tajado, abierto el muslo con trémula mano, cual padre
Y, a la vez, cual digna madre, en vientre macho lo crio.
Conocía bien el parto: su fértil cráneo formó
En la sien, preñada de espontáneo y raro tumor,
A Atena, y de las armas la alumbró en el fulgor.
Batid los címbalos, Musas; traedme la cañaheja,
Y dadme en mano el tirso de Baco, a quien
se festeja.
Al multiforme Proteo, si vuestro cortejo
alcanza
En la vecina isla de Faro, sacádmelo a la
danza
Y, como el canto que entono, revele su ser cambiante.
Si, como sinuosa culebra, se desliza
reptante,
Canto cómo el hederígero tirso, en liza
divina,
Mató a los gigantes, tribu
horrenda, peliserpentina.
Si, erizado león, sacude melenuda
cerviz,
Yo invoco a Baco, que, en brazos de Rea,
ferinutriz
Y espantosa, sustrajo a la diosa la leche
del pecho.
Si,
mudada su elaborada forma, salta, rehecho
Leopardo,
en el aire con tormentosa y violenta pata,
Canto
al hijo de Zeus, que en biga de panteras mata
Y
arrolla con sus elefantes a la índica raza.
De Tione al hijo celebro, si de cerdo toma
traza:
Al enamorado de Aura, madre que fue
cibelida
Del postrer tercer Baco, bien maridada y
porquicida.
Simúlese agua, y yo canto la inmersión en
el salado
Abismo de Dioniso, cuando huyó de Licurgo armado.
Si se agita cual trémula planta en fingido murmullo,
Si se agita cual trémula planta en fingido murmullo,
Recordaré
cómo Icario hollaba la uva en el trullo,
Arrobado, extático, con esforzada pisada.
Arrobado, extático, con esforzada pisada.
Mimalonas,
dadme la férula. La dorsimoteada
Piel
de cervato que llevo, ceñídmela por quitón
Al
torso, llena del aroma del néctar de Marón,
Y guárdese para Menelao el pesado cuero
De las focas, con la abisal Idotea y con Homero.
Daca tamboriles y zaleas: que, por no picar
A Febo, cedo a otros la dulcísona flauta
par;
Porque él aborrece la caña y su soplado
sonido
Desde que el antidiós caramillo de Marsias
vencido
Y desollado entero, miembro a miembro, el
pastor caprino,
Su corambre, que las brisas inflaban, colgó
de un pino.
(Nono de Panópolis, Dionisíacas, I, 1-44)
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